Desde los seis años

El pequeño científico

Desde que nacemos somos curiosos, nos gusta probar si las cosas son como las imaginamos y, lejos de aceptar el mundo como acabado, siempre estamos preguntándonos porqué es así, si no podrá ser distinto. Esta colección parte de este reconocimiento, por eso se vale del humor y de la pregunta para instigar la curiosidad, la observación y la vivencia de los fenómenos de la naturaleza.

El humor está a cargo de Arqui, un elefante rosado; Mary, una mica vanidosa; Benja, un elegante flamenco; Dora, una canguro vivaz, y Beto, un pato. Salvo este último, un pequeño científico igual que el lector ideal de estos libros, los demás llevan sus nombres en homenaje a los memorables científicos que fueron Arquímedes, Marie Curie, Benjamin Franklin y Dorothy Hodgkin. Más que un detalle simpático, estos nombres obedecen a que estos personajes exhiben las cualidades de un buen científico: cuestionan, experimentan, observan y concluyen. Ellos hilan el relato constituido por cada libro y llenan de gracia su rígida estructura.

Cada doble página desarrolla un tema enunciado como pregunta (“¿Por qué como?”, “¿Para qué sirven las flores?”, ¿Pueden doblarse mis huesos?”), con un texto que da las primeras respuestas e introduce actividades de observación y experimentación, además de datos curiosos y consejos simples, por ejemplo, la ilustración de un plato con verduras, cereales y proteínas se acompaña con esta frase:“Vigila que tu dieta sea equilibrada”.

Los personajes introducen cada tema con un chiste-pregunta, como “¿Qué le dijo la balanza al azúcar?”, o “¿Cómo sabes cuál es la cabeza de una lombriz?”, y luego buscan las respuestas no en el laboratorio, sino en el mundo próximo a cada niño: sus manos escarban la tierra, riegan las semillas y ponen el agua; sus cuerpos se mueven para mostrar cómo se tensa un músculo, cuántos huesos hay en un dedo, cómo gruñe la panza si está vacía; sus orejas están atentas a los latidos del corazón y sus manos anotan con qué rapidez late si el cuerpo pasa del reposo a la carrera. Estos son solo unos pocos ejemplos que dan cuenta de cómo estos libros ayudan a convertir la curiosidad y las ganas de saber de los pequeños en método de observación y aprendizaje.

Su oferta la complementan diagramas claros, ilustraciones de las distintas etapas de los experimentos, advertencias para experimentar en compañía de los adultos cuando hay riesgo (al usar cuchillos o calor, por ejemplo), un glosario que explica los términos complejos y un cuestionario que devuelve la mirada a lo que se ha leído y experimentado, para comprobar si se han interiorizado los conceptos.

Los libros de esta colección estarán bien en los colegios pero también en las casas de los pequeños. Este es un mundo del que quieren aprenderlo todo y a ellos las preguntas los desbordan a cada paso que dan; más que respuestas, con estos libros los padres encontrarán que pueden aprender con sus hijos y experimentar algo que ha impulsado a nuestra especie a ir siempre un poco más allá, la recompensa a nuestra curiosidad: la felicidad de descubrir por nosotros mismos algo que no sabíamos.
María Cristina Rincón


Cuentos pintados
Ivar Da Coll comenzó su oficio como ilustrador de los libros escritos por otros, luego se lanzó a proponer historias narradas exclusivamente por lo visual, a través de su personaje Chigüiro, y posteriormente creó los textos de sus historias, consolidándose como un escritor versátil que se mueve con habilidad a través de diversas técnicas visuales y diferentes usos del lenguaje, en prosa o en verso, para decir lo esencial con humor e intención poética.

Rafael Pombo es uno de los íconos de la tradición literaria en Colombia. Poeta y narrador del romanticismo colombiano, escribió historias para niños, en versos rimados, que todos recordamos.

Este título los reúne con acierto y armonía, para mostrar de qué manera pueden unirse el presente y el pasado de las letras infantiles en Colombia cuando se comparte una imagen de la infancia donde priman la diversión y el buen humor.

La gracia y la simpatía de los dos autores se conjugan en cada una de las historias. Por ejemplo, en el sello de folclor y tradición colombianos que el ilustrador imprime al representar a Pastorcita como una típica campesina boyacense. También al crear caminos que atraviesan el libro como hilo conductor: ríos, senderos, incluso escaleras o secuencias de acción que unen pasado y presente. El gato como observador se presenta una y otra vez como si fuese un lector curioso que observara las acciones desde fuera.

La pobre viejecita hace alarde de su riqueza, y no cabe duda de que son los gatos su mayor tesoro: acompañan las imágenes con profusión de razas, gestos y hasta retratos donde se les reverencia como los amos y dueños del lugar. El festín de Mirringa Mirronga sirve de cubierta al libro, festejo donde la abundancia y el desorden hacen honor a sus protagonistas.

Por ser la poesía de mayor recordación, “El renacuajo pasea­dor” es sin duda la obra culmen del autor. A través de ella vemos la apuesta del ilustrador por reinterpretar las historias de Pombo: un Rin Rin con sombrero vueltiao, enmarcado en una imagen seriada, bailando en la playa con bermudas rojas de puntos; esta misma intención artística la encontramos en otras ilustraciones, como la vaca con zapatillas de ballet que aparece en “Simón el bobito”, y el Juan Matachín representado por un negro caribeño en el Carnaval.
Jael Stella Gómez

 

Dos fábulas
sobre la diferencia

Cada autor tiene temas con los que se siente más a gusto, o donde cree que sus personajes tienen algo más para contar. En el caso de Mckee, uno de estos temas es el de la guerra y, dentro de este marco, el de la falta de aceptación de la diferencia, tema de Dos monstruos, que cuenta la historia de dos personajes: uno es azul y vive en la cara oeste de una montaña; el otro es rojo, y vive en la cara opuesta. Por supuesto, lo que ve cada uno es distinto y esta circunstancia es la que utiliza el autor para recordarnos que cada cual ve el mundo dentro de los límites de su propia realidad.

Y así, cada cosa que dice un monstruo es contradicha por el otro: para uno, el día está terminando; para el otro, la noche está comenzando. En realidad, los dos están diciendo lo mismo, y el narrador lo hace así para resaltar el absurdo del conflicto en el que están por embarcarse. Para defender su opinión, los monstruos no encuentran mejor solución que la de arrojarse piedras entre sí. Cada vez las piedras son más grandes y la montaña empieza a deteriorarse. La discusión se prolonga a lo largo de las páginas y el texto nos presenta divertidos insultos mutuos en cada frase, hasta que finalmente la montaña queda totalmente derribada. Destruida ésta, se eliminan las barreras y los monstruos se hacen amigos.

Aunque los personajes siempre están mostrando sus colmillos, e incluso uno enseña su diabólica cola roja, su apariencia es amable y no inspira ningún temor, a la manera de los monstruos de Sendak, o del monstruo de Ahora no Bernardo, del propio McKee. Los colores de los monstruos dominan el paisaje, son vibrantes y sin matices, mientras que en el resto del paisaje prevalecen los tonos grises. Los personajes son muy expresivos, sin entrar en lo caricaturesco, y poseen una rica simplicidad.

Esta es una excelente fábula sobre la falta de entendimiento dentro de la diferencia. El final no pretende ser moralizante ni educativo, sino que, de forma más inteligente, induce a la reflexión sobre los conflictos que aparecen en varias partes del planeta, enraizados en las diferencias de raza, religión o simplemente, por el desconocimiento del que se encuentra al otro lado.

La historia de Tucán es una fábula moderna sobre la travesía de un pájaro negro en busca de su propia identidad y de su lugar en el mundo. Aún sin nombre, Tucán vive en la selva y sufre la burla de todos los animales por ser negro. Esto hace que abandone la selva y se vaya a la ciudad. Allí encuentra un oficio que se ajusta a sus posibilidades, y en el que resulta ser el mejor: transportar cosas. Como es capaz de transportar dos latas, en lugar de una como los otros, lo llaman two-can (dos-latas, en inglés). Un día ocurre un accidente, y aunque Tucán lo toma como un error que lo obliga a dejar la ciudad, es a la vez un evento que lo llena de colores. Al regresar a la selva, los animales no lo reconocen porque su aspecto ha cambiado, y así termina la historia.

Ya en este primer libro, de 1964, se anticipan elementos que McKee mantendrá en sus libros posteriores: historias que corren paralelas, como en El Cochinito de Carlota y los cuadros de colores de la serie de Elmer el Elefante. En el momento en que se publicó por primera vez, probablemente este libro resultó novedoso en su temática: muchas veces debemos salir de nuestro nido para encontrarnos a nosotros mismos y regresar fortalecidos. Posteriormente, el tema ha sido traído a los libros álbum en varias ocasiones. Incluso en el mismo año ya había sido publicado Donde viven los monstruos, de Sendak, en el que salir del calor de la alcoba para tener una aventura se erige como una posibilidad de maduración. Sin embargo, éste no es uno de los libros mejor logrados de McKee: la forma de resolver la historia bordea lo artificial y el pájaro no encuentra su identidad a partir de su propia experiencia, sino por azar y por la decisión de otros.

Además, parece que su cambio es solamente exterior: el color de sus plumas y un nombre dado por los humanos es lo que le permite llegar disfrazado a la selva y no ser reconocido. Este tema del entendimiento y el conflicto se tratan con más habilidad en libros posteriores como Tusk, Tusk y Los Conquistadores.
Claudia Rueda