Desde los doce años
El Galeón de Manila
Hace varios siglos, procedentes del lejano Oriente, llegaron al Virreinato de Nueva España (actual México) una cantidad y variedad de objetos que evidenciaban lujo y exotismo: recipientes de porcelana, prendas de seda y algodón, joyas, canela, pimienta y frutas como el mango, la piña y el coco.
“¿Qué tan exóticas te parecen estas cosas hoy en día?” pregunta la autora al joven lector, quien seguramente diría “poco exóticas”, pues con el tiempo pasaron a formar parte de la cotidianidad y cultura mexicanas. Apelar a la cotidianidad del lector resulta ser un valioso recurso para introducirlo al tema.
El Galeón de Manila no es solamente el nombre con el cual se designó a la ruta comercial marítima que abrió las puertas de Oriente a la Corona Española, o cualquier embarcación que la cubriera; es también la excusa perfecta para ilustrar el intercambio comercial y cultural entre Oriente y México. Haciendo uso de un lenguaje sencillo, ágil y descriptivo, notas al pie que aclaran y amplían los conceptos centrales y los términos complejos, el libro ilustra aspectos relacionados con tal intercambio, desde sus antecedentes (la Ruta de la Seda y los viajes de Marco Polo, Vasco da Gama y Fernando de Magallanes), pasando por la adquisición de los objetos suntuarios en Manila, las aventuras y desventuras de los trayectos Nueva España-Manila-Nueva España (piratas, escasez de comida, enfermedades), el ultimo recorrido del Galeón, en 1915, luego de 250 años de fuerte actividad, para llegar hasta las influencias y aportes de Oriente.
El libro es visualmente atractivo gracias al equilibrio entre texto e imagen, la que representa lo narrado y además lo contextualiza, siendo prueba de ello las ilustraciones de mapas que, sin ser exhaustivas, dan una idea sencilla de las rutas de navegación. Las fotografías —de gran calidad— muestran las influencias orientales sobre los objetos producidos en México.
Eliana Paola Barragán
Un chino en bicicleta
A Ramiro Valestra la fortuna parece esquivarlo con saña: su madre debió vender su pequeño negocio, a su padre le han encontrado un tumor en el estómago, él mismo intuye que van a despedirlo de su empleo, es atracado cinco veces en la misma calle y, como si fuera poco, descubre que su novia le pone los cuernos con su mejor amigo.
A Valestra parece que no puede irle peor; sin embargo, se consuela pensando en la suerte de Li, un pobre chino al que han acusado de pirómano y a cuyo proceso él es obligado a asistir en calidad de testigo. La sentencia contra Li será dictada después de un breve receso en el que Valestra aprovecha para ir al baño, y es justo en este íntimo lugar y momento donde intempestivamente es encañonado y secuestrado por Li.
A muchos, muy seguramente, el breve argumento del comienzo del libro se les antojará no solo descabellado sino incluso rebuscado, y tendrían toda la razón si esta no fuera en verdad una hilarante y divertidísima novela paródica. Ramiro Valestra es un cronista que va narrándonos en primera persona la experiencia de un “secuestro” que es más una suerte de viaje en el interior del barrio chino de Buenos Aires; experiencia que estará compuesta por la recreación de diálogos imaginarios entre un abuelo y su nieto que conversan en chino, parábolas “chinas” extraídas de películas de artes marciales estadounidenses y narradas por un chino en un trance “opiáceo” y, por supuesto, “La increíble historia de la escuela de fútbol para
chinos de Jáuregui…”.
A través de la parodia y de las diferentes voces y formas que se imbrican en la obra, que van desde la transcripción con todas las marcas de oralidad de una confesión/ delirio “jurídica”, hasta pequeñas historias que funcionan a manera de fábulas como aquella donde se cuenta “La historia del padre que se negaba a festejar los goles y del hijo que se negaba a insultar”, la novela va cuestionando y desmitificando todos aquellos lugares comunes sobre lo “chino” y lo “oriental”, efecto que irá minando dialécticamente la misma “argentinidad” desde la que se sitúa el narrador/héroe; así, Ramiro Valestra se erige gradualmente como una suerte de Marco Polo en Buenos Aires.
Hildebrando Espitia
Puré de guisantes
Un niño nos cuenta su
accidente en una bicicleta: somos oyentes del relato y
estamos a la expectativa de los
recuerdos de este niño que se
encuentra en la habitación de un
hospital. A medida que la historia
avanza, aparecen personajes que
cuestionan nuestra cotidianidad
y se nos revela un tiempo cíclico,
pues las experiencias vividas en el
hospital se unen por medio de un
finísimo hilo transparente con los
recuerdos del niño.
Las imágenes nos cuentan una historia paralela, la de una mosca que vuela dentro de esta habitación y cuya vida tiene un trágico final. El estilo de la ilustradora es innovador en el ámbito de los libros para jóvenes: con colores oscuros y trazos fuertes incita la imaginación, no pretende fijar personajes, sino abrir un espacio de recreación con el lector.
Esta novela propone a los jóvenes una conciencia propia sobre el oficio de narrar, demuestra que la literatura está construida de realidades, de experiencias, de sueños y de recuerdos propios del autor; quien narra su vida la recrea de nuevo. Mientras este niño nos relata sus aventuras construye un mundo desconocido para nosotros. El oficio del narrador se expresa visiblemente en este libro, tanto en el relato escrito como en el visual. El juego de palabras que se propone en la novela construye paralelismos que se refieren a las anécdotas que nos cuenta el niño, cuando escucha una palabra o mira algún gesto de las personas del hospital, inmediatamente se remonta al recuerdo de un tío, de una prima o de algún animal que hizo algo similar, el tiempo cíclico de la literatura es expresado de manera sencilla y humorística en esta novela en la que el pasado y el presente son siempre los mismos pero con diferentes actores. El origen de la literatura es el nacimiento de un pasado que se actualiza.
Españoles, escritor e ilustradora han trabajado juntos antes y ganado reconocimiento por ello; Hasta (casi) 100 bichos fue premiado con el White Ravens, y Mi familia recibió en 2007 el primer Premio a las Mejores Ilustraciones de Libros Infantiles y Juveniles del Ministerio de Cultura de España. Daniel Nesquens ha publicado otros libros infantiles como Diecisiete cuentos y dos pingüinos y Mermelada de fresa. La ilustradora estudió bellas artes, en la especialidad de grabado, y se ha destacado además por su trabajo en Sombras de manos, álbum en el que cooperó con Vicente Muñoz Puelles y que ganó el premio Ciudad de Alicante.
Vanesa Guerrero