
¿Por qué buscar libros en un lugar tan distinto del silencio y la soledad habitual de las bibliotecas? ¿Qué significa ofrecer la lectura entre el bullicio y el afán de la gente que viaja? En marzo, las bibloestaciones celebraron su primer año de vida; lo conmemoramos con un encuentro entre algunos escritores y sus lectores y aquí con un ‘cruce’ de palabras entre un promotor de lectura y uno de sus usuarios.
Al otro lado de la puerta
Por Yesidt Pabuence
Como el pobre final de cada día muerto se
dibuja cercano, intento enumerar las cosas que
auténti-camente quería. Malcolm Lowry
Una de las diferencias más notables entre una persona que lee y otra que no lo hace es que la primera siempre tiene compañía extra. A esta conclusión he llegado después de haber visto cómo ha acogido el público la oferta de libros que promueven las bibloestaciones en el sistema de transporte masivo de Bogotá.
Una ciudad como la nuestra, rápida, inmediata, contrasta con el ejercicio de leer, que exige todo lo contrario. Por eso, para mí es una sorpresa ver el casi colapso de las bibloestaciones; el ansia de leer es notoria, en cierto sentido el libro es un escudo de protección, parte de un nuevo viaje, otra manera de salir o llegar a casa, en compañía… Es distinto ese viaje diario en el que las personas pueden terminar aislándose: es muy común ver en el bus la falta de comunicación física, reflejada en los audífonos incrustados, las manos aferradas al bolso y la mirada seria, perdida en los cristales de las ventanas. Total indiferencia ante el otro, inermes ante nosotros mismos.
El otro día, un turista francés me contaba que las bibliotecas en las estaciones del metro en París tenían un enfoque más comercial, muy distinto al de las nuestras, que profundizan más en la lectura que en la compra de libros, y lo que más le causó interés fue el sentido de pertenencia por parte de los usuarios. Ahora me pregunto, ¿será que la ciudad ha roto el tonto imaginario de todo lo público como destinado a autodestruirse, a no tener valor precisamente por ser el ente que es? ¿Será que las bibloestaciones son exitosas gracias al impacto del programa Libro al Viento, dentro del sistema de transporte masivo?
¿Al premio que recibió la ciudad, Bogotá Capital Mundial del Libro 2007, o a la fortaleza de las bibliotecas macro en los sitios neurálgicos de la ciudad? No lo sé, puede ser el resultado de todo esto. Pero de lo que sí estoy seguro es de la necesidad que ha despertado el libro entre las personas.
¿La vida que, por mor de la palabra, pasa a ser obra de arte? ¿El arte que puede haber creado una existencia ya incontestable? Sea como sea, he aquí un texto de los que nunca se olvidan.
Este párrafo, tomado de uno de los libros más leídos de la bibloestación, Cartas de la monja portuguesa, de Mariana Alcoforado, puede ser un buen ejemplo de la interacción que he tenido con los usuarios. Cuando me lo recomendó el señor Héctor Julio Borda, uno de los usuarios más veteranos que me visitan, me dijo: “Yo a mi edad no quiero leer libros que me complazcan
o seduzcan con novedades, ni de esos que ahondan en la historia. Solo quiero un libro que me acompañe, que me cuente cosas cuando estoy en mi sillón, que pueda cerrar tranquilo antes de dormir. Un libro como este”. Desde ese momento, creo haber cambiado el sentido de mi función dentro de la biblioteca. Va más allá de una fría relación de promotor de lectura, de cumplir con un horario, de tener un trabajo. Esta es una manera de acercar a las personas, de sentir el calor humano, de recuperar en parte lo perdido de una sociedad tan ultrajada como la nuestra.
Los libros son como un termómetro, miden la capacidad de respuesta del lector. Tengo lectores de todas las tallas. De esos que creen saberlo todo. De los que no saben por dónde empezar. De los que nunca encuentran nada… Tan diversos como los libros que puedan existir, llevándome de asombro en asombro.
Diana Vanessa Correa empezó a usar nuestro servicio a mediados de julio. Cinco meses después, había leído unos doscientos dieciséis títulos (para jóvenes y adultos), en los géneros de cuento, ensayo y novela. No acepta mis ruegos hacia la poesía. Tres libros diarios, cinco días a la semana. Resultado: no hay más libros para prestarle a ella (cada bibloestación tiene alrededor de trescientos sesenta títulos).
Me cuenta que desde niña leía mucho. Por lo general lee en el bus y de vez en cuando en su trabajo como recepcionista. En la casa jamás lo hace, este tiempo lo dedica a su hija, y no le lleva libros infantiles porque dice que lo hará cuando ella se lo pida. Piensa que la lectura es un acto de libertad. Harry Potter y el misterio del príncipe, El río: exploraciones y descubrimientos en la selva, Las ínsulas extrañas:4 memorias II y Locos por el cine, las 500 grandes películas son los libros más extensos que tengo. Lee uno de ellos en un día. Sin contar los dos libros restantes. Es de no creer.
Ahora mis jornadas son más largas cuando ella me visita, pues no sé qué recomendarle. Cuando no le tengo los tres libros listos se vuelve más intensa que sus lecturas: el tamborileo nervioso en el vidrio del mostrador, su vocecilla lacerante en mi espalda diciéndome: “Ya lo leí”, me dejan sin saber cómo actuar. Ya no puedo disimular mi incredulidad, ya no la soporto. Toda la colección de Libro al Viento la devoró en una semana sin dársele nada. No sé qué hacer.
La bibloestación también se ha vuelto un punto de encuentro. Para los amantes. Los trabajadores del sistema. Los que necesitan información de Transmilenio. Es el lugar para poner quejas de todo tipo y, lo más importante, todo esto se convierte en un pretexto para debatir alrededor de los libros. Tengo usuarios tan interesantes como el hijo de Aurelio Arturo, uno de los grandes pilares de la poesía colombiana, que nos hace partícipes de sus anécdotas y secretos literarios. Por lo general, conversa de poesía.
El otro día se me pidió un informe de la cantidad de lectores que usaban la colección Libros por Centavos, de la Universidad Externado de Colombia. Y descubrí que los lectores de poesía no son muchos en realidad, y es de lo que más se debate en la bibloestación. Creo, y esto hace que me vea obligado a escribir este relato, que las estadísticas están muy lejos de ahondar en los sentimientos de las personas. Diría que no son muchos los lectores de poesía; pero sí es grande la necesidad de tener más libros de poesía en nuestras colecciones. Los demás géneros son una bola de nieve, ellos solos toman posesión en los corazones de los lectores.
El lector: de este lado de la puerta
Por Andrea Victorino, Fundalectura
Para Nelson, leer un libro es cogerlo, tocarlo, recrearlo con la imaginación… mirarlo una, dos, tres veces… y olerlo: “Los libros huelen rico, ¿no les parece?”, dice cuando nos encon-tramos, un viernes por la mañana, para conversar sobre uno de los principales motores de su vida: los libros.
Usuario de la bibloestación de Ricaurte, este electricista automotriz ha tomado prestados cerca de 112 libros, en su mayoría novelas de autores latinoamericanos y españoles como Pérez Reverte, Lygia Bojunga, Mario Vargas Llosa, Juan Rulfo y Eduardo Galeano, autores que le traen recuerdos especiales, le evocan momentos familiares y se convierten en una carta de navegación para su vida: “Uno aprende a manejar situaciones, a criar a los hijos, a enfrentar los problemas de la vida cotidiana a través de libros”. Esto es algo que aprendió en su infancia, mientras crecía en La Perseverancia y estudiaba en la Escuela República Argentina, en la calle 20 entre carreras 4ª y 5ª, de Bogotá, pues debía pasar día a día por la Biblioteca Nacional. “Yo tenía 7 u 8 años y, en ese momento, la biblioteca admitía todo tipo de público; yo llegaba, me sentaba y le decía ‘Señorita, yo quiero ese cuento’ y me lo prestaban. Así empezó mi afición por los libros. Me gustaban mucho los cuentos de El Llanero Solitario, las novelas de El Santo.
Muchas veces yo no iba a la escuela y me quedaba leyendo, mi mamá ya sabía donde encontrarme… Cuando empecé a trabajar me afilié al Círculo de Lectores; yo tengo una colección grandísima del Círculo en mi casa, casi doscientos libros. Comprarlos ahora es muy difícil, para muchas personas es un lujo, para mí no, pero ahora no puedo, por eso para leer otros libros tuve que afiliarme a una biblioteca pública gratuita como la de ustedes”.
El encuentro con las bibloestaciones
“Un día yo iba pasando por la estación del Ricaurte y vi un letrero que decía ‘Afíliese a la bibloestación’, yo pregunté por curiosidad y John Jairo, el promotor de lectura, me dio el formulario y me dijo ‘Llénelo, coloque una referencia personal y listo’.
Yo lo llené de una, se lo entregué y le dije ‘¿Cuánto tengo que esperar para que me preste un libro? o ¿me los puedo llevar ya?’. John Jairo se rió y me dijo, ‘No, espere que confirmemos los datos y le expidan el carné’ y desde ese momento no he parado de llevar libros.”
Desde marzo del año pasado, las bibloestaciones están funcionando en cuatro portales y dos estaciones del sistema Transmilenio, y cuentan con
15.195 usuarios, la mayoría perteneciente a los estratos dos y tres. En esto Nelson y las cifras coinciden: “Hicieron llegar el libro a los estratos bajos, a las personas como nosotros y, por los menos intelectualmente, subiremos de estrato…
Vamos a seguir viviendo allá, en el sur, pero por lo menos subiremos de estrato cultural. Además, ustedes le hacen llegar el libro a personas que no tienen tiempo, esa es la esencia del asunto, personas que no podemos sacar media hora para ir hasta una biblioteca, sacar un libro y después ir a entregarlo... Eso es engorroso. Ustedes le hicieron llegar el libro a personas comunes y corrientes, que andamos de afán.”
Un lector solitario
Nelson disfruta leyendo los libros, siempre busca un tiempito en el trabajo, al medio día; o en su casa, ya cerrada la noche, para leer o para compartir lo que sus lecturas le suscitan. “A mis compañeros de trabajo les encanta que yo les cuente las historias y hasta se interesan por lo que pasa, pero cuando yo les doy el libro para que lo lean, ahí se desaniman. Lo mismo me pasa en la casa, yo quiero que mi esposa lea, pero a ella no le interesan los libros que están en las bibloestaciones, ya que le gustaría leer El cartel de los sapos o Noticia de un secuestro, libros que pueda conectar
con su realidad, con lo que le interesa.
Yo les quiero hacer una sugerencia, y esto es algo muy personal: a ustedes qué les parece si se consiguen cuarenta libros de El cartel, cuarenta de Noticias de un secuestro, cuarenta de un best-seller nacional como el de Clara Rojas… Créanme que ustedes consiguen lectores en cantidades, eso es lo que le gusta leer a la gente. Pongan los libros de El cartel y verán que nunca van a tener un ejemplar disponible. La colección que se encuentra en las bibloestaciones es apasionante, porque habla de las relaciones humanas, de los problemas, es gran literatura, pero créanme que una persona común y corriente no se afilia para leer esos libros. Hay que ofrecerle literatura sencilla, como esos libros que les estoy diciendo, y si las personas se arriesgan a leer esos libros, luego, de pronto, sí van a querer leer esos grandes libros. Hay que crearles la curiosidad”.