LECTURAS CRÓNICAS

En tres semanas Diana Peláez sufrió un sacudón que removió los cimientos sobre los cuales ha vivido. Durante ese tiempo recorrió cinco municipios colombianos, cuatro en Antioquia y uno más en Chocó, para capacitar bibliotecarios e impulsar las tertulias literarias japonesas. Esta es la historia de su travesía.

Diana salió un lunes de mayo de 2007 de Bogotá a Medellín y en menos de cuatro horas estaba montada en un bus rumbo a San Pedro de los Milagros escuchando las quejas de Johnny, el responsable de la biblioteca de este pueblo lechero y frío enclavado en las montañas de Antioquia. Johnny se había lanzado a la alcaldía sin éxito y ahora sufría las consecuencias de su fracaso.

La nueva administración lo quería tan poco que hasta el papel higiénico de la biblioteca corría por su cuenta. Diana pasó dos tardes en San Pedro, habló del Japón, esa isla extraña y lejana, ese país al que los asistentes a la tertulia asociaban con motos y televisores. Les mostró las caras del Monte Fuji, el cegador neón de las calles céntricas de Tokio, el maquillaje de los actores de Kabuki y las máscaras Noh y aunque el sushi les impresionó –“¿Cómo pueden comer pescado crudo?”, oyó decir varias veces en fuerte acento paisa– se rindieron ante la presentación, el colorido y la sencillez de la comida.

Al otro día habló de los autores japoneses que hacen parte de la colección enviada por el Ministerio de Cultura para promover la lectura en las bibliotecas que el gobierno japonés donó hace un par de años. Son 25 libros publicados en cuidadas ediciones que a duras penas se consiguen en las librerías bogotanas. Habló con soltura de La corrupción de un Ángel, de Yukio Mishima, País de Nieve de Yasunari Kawabata, o Kitchen, de Banana Yoshimoto, mientras las vacas pastaban perezosas en las montañas verdes y no dejó que ningún joven empezara a bostezar o a mirar por la ventana. Cómo hacerlo al oír de su garganta entrenada para la lectura en voz alta estas palabras: “Su serena respiración era más lenta que la de Eguchi.

De vez en cuando el viento pasaba sobre la casa, pero ya no tenía el sonido de un invierno inminente. El bramido de las olas contra el acantilado se suavizaba al aproximarse. Su eco parecía llegar del océano como música que sonara en el cuerpo de la muchacha y los latidos de su pecho y el pulso de ella le servían de acompañamiento. Al ritmo de la música, una mariposa pura y blanca danzó sobre sus párpados cerrados. Retiró la mano de la muñeca de ella. No la tocaba en ninguna parte. Ni la fragancia de su aliento, ni de su cuerpo, ni de sus cabellos era fuerte.” (La casa de las bellas durmientes, Yasunari Kawabata). De regreso a Medellín pasó una mala noche en un hotel en el centro de Medellín, cerca de las calles de los travestis y las prostitutas –un hombre en la habitación contigua no dejó de golpear la pared en la madrugada– y a las seis de la mañana estaba lista en la estación de buses del norte rumbo a Ebéjico, el segundo municipio de su recorrido. Esta vez el camino fue más agreste, más montañoso, menos apacible, con la geografía quebrada y abismos a lado y lado de la carretera y miles de hectáreas de café que colmaban las ventanillas del bus. En el pueblo repitió su presentación, emocionada ante un grupo de asistentes algo más variado. “Fue el mejor grupo que tuve. Fue un taller muy ordenado, participaron muchas de las personas de la comunidad, el poeta del pueblo, que da clases de folclor, amas de casa, una profesora chocoana, tres estudiantes…”. Ebéjico, contrario a la mayoría de pueblos de Antioquia, es tierra virgen, un oasis en las propias palabras de la gente. Ebéjico ha tenido la fortuna de que la violencia nunca llegó y se nota en la actitud apacible y amorosa de sus habitantes, su disposición para recibir extraños como Diana, que a la siguiente semana con cierto recelo y desconfianza natural pisaría Urabá, tierra que en la cabeza de muchos suena a mortandad.

A San Pedro de Urabá llegó en una avioneta y el bibliotecario la recogió en una de las tantas motos que recorren las calles del pueblo produciendo un ruido como de enjambre de abejas enloquecido. La convocatoria había estado difícil, le dijo, así que tendrían que promocionar la tertulia a través de una entrevista. Diana, un poco asombrada, dio su primera entrevista para la televisión en las instalaciones del canal del municipio donde “se siente la sombra de la desmovilización. Se nota por la cantidad de tipos desocupados en la calles”, hombres parados en las esquinas, hombres que llenan los billares y discotecas que parecen funcionar las 24 horas y de donde salen música y olor a aguardiente, como también se siente en San Juan de Urabá, al que llegó Diana dos días después, un miércoles, vía Arboletes.

Un jeep Wuz, un campero ruso invencible, un verdadero gladiador la llevó hasta allá: “La carretera era impresionante… lodo, más lodo y más lodo. Entendí que no había transporte más útil que el super Wuz. En el camino se veían camiones y carros atascados y nosotros pasábamos tranquilos, recogíamos señoras con gallinas y cerdos y a medida que avanzábamos subían más. Llegamos a ser veinte personas, seis adentro, otros en el techo, otros agarrados de los lados. Fueron siete horas de camino tortuoso en las que atravesamos el territorio donde El Alemán mandaba”, un apodo del que Diana apenas tenía noticias por los periódicos y que en el Urabá hizo parte de sus charlas cotidianas. En San Juan conoció a uno de esos médicos que quieren salvar el mundo, uno de esos raros especímenes que se preocupan por los demás. Era el líder del grupo y a través de su programa de
radio anunciaron la tertulia, que esta vez Diana abrió con un aparte del libro fundacional de la literatura japonesa, El cuento del cortador de Bambú. Hasta ese momento Diana había visto cosas que de alguna manera intuía y si bien estaba asombrada con muchas de ellas hasta ahora no se sentía tan lejos de su mundo en Bogotá como estudiante de Lenguajes y Estudios Socioculturales de la Universidad de los Andes.

Por eso quizás tenía tantas ganas de ir a Vigía del Fuerte, ver el caudaloso río Atrato, atravesarlo y poner sus pies en Bojayá. Sus palabras demuestran el genuino temblor mezclado con emoción que la acompañó: “Llegué en avión junto a tres monjas italianas. Flora, la bibliotecaria me fue a recibir y me llevó al único hotel de Vigía. Mi habitación medía dos metros por uno y medio. Era raro, me sentía literalmente en Japón por el tamaño. Tenía una camita con mosquitero y se veía como la alcoba de Simón Bolívar”. Diana pasó la última semana de su viaje durmiendo en esa habitación de tablones de madera desde la que veía el Atrato y oía música a todo volumen sobre las voces de hombres que, una vez más, bebían y jugaban pool hasta el amanecer. Bojayá estaba a diez minutos en lancha y no había ninguna clase de hospedaje.

El primer piso del hotel de Vigía estaba ocupado por una miscelánea donde la gente compra además de cualquier cantidad de chucherías, un objeto vital para sobrevivir en el pueblo y sus alrededores: botas de caucho. Precisamente, cuando fue a montar la tertulia en Bojayá, un hombre con una costra de barro dura pegada a la suela de sus botas le hizo una pregunta que la dejó sembrada en su puesto durante largos segundos: —Bueno, ¿y cuál viene siendo el interés del Japón en nosotros? Diana respondió en medio del calor de la vereda Nueva Bellavista y la sombra no tan lejana de la muerte –el atroz ataque de las FARC del 2 de mayo de 2002, donde murieron 119 personas es una de las pocas referencias que tiene de este pueblo del Chocó–. Se abanicó con una cartilla e improvisó hábilmente una respuesta. Sabía que tenía que relatar el cuento completo, con cuidado dramatismo.

No quería revivir el horror pero tampoco que los asistentes a la tertulia se perdieran en bostezos. Entonces habló sobre los estragos que le dejó al Japón la Segunda Guerra Mundial, sobre el paisaje de las devastadas Hiroshima y Nagasaki y el oscuro peso sobre el alma de aquel pueblo que nació de una guerra en la que su emperador aceptó capitular por la radio. Y finalmente remató con el resurgimiento de las cenizas y el esplendor hasta llegar al corazón del asunto: “El acceso al conocimiento, por ejemplo que ustedes puedan venir a esta biblioteca, es la forma en que los japoneses creen que un país puede surgir”.

Sabía que su frase poseía un tinte retórico en un pueblo cercado por la miseria y que a duras penas se repone de la tragedia a pesar de los años pero no faltó a la verdad. El gobierno japonés decidió donar las bibliotecas a lo largo y ancho del país con esta inquebrantable convicción a pesar de que Colombia no tiene una cultura del libro. La primera referencia cuando Diana hablaba de libros era o bien la Biblia o sus sucedáneos, los libros de autoayuda. Aun así ella y los demás talleristas que impulsaron las tertulias de literatura japonesa a lo largo y ancho de Colombia creen
que la lectura sigue siendo una de las mejores formas de curar el dolor. “La literatura es un camino para construir pensamiento, sobre todo pensamientos nobles, con sensibilidad y sentido”. Llegar a creerlo de corazón es el sacudón que envolvió a Diana después de aquellas tres semanas, cuando regresó a Bogotá con el sabor de los camarones de río y el zapote costeño en su boca y un pequeño nudo en la garganta. Ya había empezado a extrañar el Atrato.